En los cincuenta años desde la firma del Tratado de Roma, la coordinación y presencia de la política exterior europea ha aumentado sino espectacularmente, sí gradualmente en la mayor parte del mundo.
Muchos observadores insistirían que los estados del Norte de Africa y Oriente Medio incluidos en el Partenariado Euro-Mediterráneo representan un área del mundo que ha visto realizada esta tendencia positiva - y que a pesar de sus deficiencias la iniciativa del Partenariado Euro-Mediterráneo ha paulatinamente facilitado una estrategia Europea más anclada y coordinada hacia el sur del Mediterráneo.
Sin embargo, en los países del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Kuwait, Bahrain, Qatar, Oman y los Emiratos Árabes Unidos) la tendencia a lo largo de la mitad del último siglo ha sido al contrario.
En la Península Arábiga se concentran varios cuestiones prioritarias internacionales, incluyendo la seguridad energética, la lucha contra el terrorismo, la seguridad regional en Oriente Medio y los debates sobre la reforma democrática en los países árabes.
Pero en general el peso de Europa en la región ha ido disminuyendo y la UE como entidad colectiva ha fracasado de manera notable a la hora de ejercer cualquier influencia sobre esta zona clave de Oriente Medio.
Este fracaso se explica con dos juicios europeos: primero, que el Golfo no representa el tipo de urgencia geopolítica aguda que justificaría el pago del coste asociado con un mayor compromiso en la región; segundo, que la UE tiene poca capacidad para afectar el cambio social, econónico o político en el Golfo y que por tanto sus intereses se ven mejor servidos por una postura cautelosa orientada a matener la estabilidad.
Tales juicios puede que contengan una dosis significativa de realismo; pero según este artículo de Ana Echagüe y Richard Youngs, la UE también ha pagado un precio por su pasividad en el Golfo.